Los pecados de nuestros padres, de Lawrence Block

los pecados de nuestros padres

Las editoriales a veces bombardean con intuitivos y audaces investigadores a los que nada se le escapa. Pero yo sigo siendo esclavo de tipos imperfectos como Matthew Scudder, el gran personaje de Lawrence Block. Divorciado, alcohólico y ex policía. Pero un buen hombre. Alguien que aún guarda algo de instinto policial para hacer algún que otro favor a gente que necesita resolver o descubrir algo. No tiene ese aura especial que acompañaba a predecesores como Spade, Marlowe o Archer. Diríamos que es un perdedor. Pero este Scudder que vio la luz en Los pecados de nuestros padres inmortalizó a Block como autor de uno de los mejores personajes de la novela negra.

Esta primera novela marcó el espíritu de la serie Matt Scudder. Scudder vive solo, en una habitación de hotel. Durante el día hace sus rondas por distintos garitos, bares y restaurantes. De vez en cuando acepta hacer esos favores, que no puede llamar casos porque no cuenta con licencia de detective privado. Y por la misma razón, no puede cobrar a cambio, pero sí acepta regalos de amigos a los que hace favores. Una parte de esos ingresos los destina a sus hijos y a encender velas en iglesias. Y otra parte se la guarda, para subsistir y para pedir favores a antiguos compañeros policías cuya ayuda necesita para realizar sus propios favores. No tiene vida bohemia, no tiene despacho y apenas tiene relaciones personales más allá de alguna amiga y algún viejo compañero.

Los pecados de nuestros padres presentó en sociedad a Matthew Scudder

Scudder también se distingue de la vieja guarda del noir en su ambiente. Scudder vive en la costa este. Block habla del Nueva York setentero, el de Pánico en Needle Park, de The Deuce, de Taxi Driver. Y su clientela no vive entre las grandes familias del lugar o las redes del crimen organizado más conocidas. Los casos de Matthew Scudder tienen como protagonistas a las gentes anónimas que cualquier día aparecen en las secciones de sucesos de los periódicos. Como Wendy Hanniford, cuyo padre le pide a Scudder que le explique quién es su hija. Un día, Wendy se fue a la universidad. Otro, Wendy murió asesinada en su cama. Y poco después se suicidó el sospechoso principal, su compañero de piso, que aquella tarde salió a la calle corriendo, empapado de sangre, con la bragueta abierta y gritando como un loco. En medio, una vida secreta que descubrir.

Los pecados de nuestros padres es una novela corta, ni siquiera llega a las doscientas páginas. Pero le basta para ser una gran novela negra. Desde la investigación basada en muy buenas conversaciones de Scudder con viejos conocidos de Wendy hasta el retrato de los tugurios que recorre un hombre solitario ahora que lo ha perdido todo. Scudder ya no tiene ni certezas. «Ser poli da gran seguridad emocional. No había tantas preguntas, y las que surgían solían tener respuestas obvias, o por lo menos lo parecían». Pero ahora tiene que decidir cosas por su cuenta. Y aunque tiene un gran sentido de la justicia, no se ve con tanta lucidez para materializarla. Este mundo de grises es el que rige el mundo real y el que me gusta ver en las novelas de género negro.

Ficha técnica

https://esculturanoir.es/the-deuce-critica-final/
  • Título: Los pecados de nuestros padres
  • Autor: Lawrence Block
  • Traducción: Antonio Iriarte
  • Editorial: RBA Serie Negra
  • Páginas: 192
  • Año: 1976 (original), 2018 (última en español)

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