Nueve dragones

A lo largo de su carrera, Harry Bosch ha conocido a tanta gente que era esperable que reconociera víctimas. La sensación no es siempre la misma. Cuando le pasó hace unos años, recurrió a la teoría de la noria: “todo termina por volver a su sitio”. Básicamente, insinuaba que se lo merecía por haber matado a alguien y no haber sido condenado. Ahora, en Nueve Dragones, es otro tipo de encuentro. Ni siquiera había tenido más de una conversación con él, pero le dolió ver en el suelo de su tienda al señor John Li. Él le regaló un paquete de cerillas que guardado desde hace más de una década. Harry se veía identificado en la frase de la cajita: “dichoso aquel que halla solaz en sí mismo”.

Cuando tropezó con ese lema, Bosch llevaba tiempo viéndose como un coyote solitario del Departamento de Policía de Los Ángeles. Ya había asumido que estaba solo para cumplir la misión. Este aislamiento le dejaba muy expuesto ante una crisis, y de hecho le afectó. Sin embargo, Harry Bosch encontró la luz perdida, un horizonte mejor entre tanta oscuridad: Maddie, su hija. La conoció cuando ya tenía cuatro años, pero cambió su vida. Él vivía en Los Ángeles y ella en Las Vegas primero y en Hong Kong después, y Harry se esforzó en crear y mantener un lazo familiar. Ahora, con Maddie convertida en una adolescente, Bosch recibe un video que muestra el secuestro de su hija a más de quince mil kilómetros.Sigue leyendo